Pues bien: un día me apunté a un plan de EntrePueblos solo para probar, y ese pequeño capricho del sábado cambió por completo cómo vivo mi tiempo libre.
El primer sábado que me atreví
La actividad era simple: picnic + juegos en un parque de un pueblo que no sabía ni situar en Google Maps.
Llegué nervioso, creyendo que sería el raro del grupo.
Spoiler: allí todos pensaban lo mismo.
Ese día rompí el hielo jugando a un “pilla-pilla modificado” (nombre técnico: “vamos a hacer el ridículo, pero juntos”). Me reí, hablé con gente que estaba en mi misma situación y me fui a casa pensando:
“Bueno… ha sido mejor de lo esperado.”
Y así empezó la cosa.
El día que alguien dijo “¿Organizas tú la próxima?”

Fue en una gymkana. Me vine arriba, tuve mi momento de estrella olímpica, hice amigos y, sin saber por qué, alguien me preguntó:
—Oye, ¿y si organizas tú la próxima quedada?
En mi cabeza: ¿YO? ¿Organizar? ¿Pero si ayer dudé diez minutos para elegir unas Pringles?
Pero dije que sí.
Y ahí empezó mi caída al lado oscuro: el lado de la gente que propone planes.
Lo gracioso es que no tenía ni idea de organizar nada.
Hice una lista en Notes del móvil.
Abrí un grupo.
Pregunté horarios.
Y ya de paso añadí emojis para parecer profesional.
El plan salió tan bien que se convirtió en costumbre.
Y, sin querer, me vi creando rutas, proponiendo juegos, montando picnics y haciendo recordatorios dignos de un community manager.

Lo que realmente cambió
Pasé de ser el que va solo, callado y con miedo a “¿qué hago aquí?”
A ser el que llega primero, da la bienvenida y dice “venga, que esto empieza”.
No me transformé de golpe: solo necesitaba un entorno donde no se juzga, donde todos buscan lo mismo y donde la gente te anima a intentarlo.
Así que sí: pasé de venir solo a organizar quedadas.
Y lo mejor es que no fui el único.
En EntrePueblos, cuando rompes el hielo, descubres que todos tenemos algo que aportar.
Solo hace falta dar el primer paso… y a veces ese paso es apuntarte a una actividad un sábado cualquiera.


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